La edad de la inocencia II
Nubes, malvaviscos, masmelos (marshmallow), esponjitas, jamón, sustancia, malva, bombón, carlotinas,… son otros de los nombres con los que se conoce a este dulce. Para mí son nubes o, como mucho, malvaviscos. Una tentación para el mayor comedor de chucherías a este lado del río Sar.Esta versión no está pensada especialmente para los niños, tampoco es que se note demasiado el licor, sólo un pequeño aroma. Por si acaso, en esos casos sería mejor sustituirlo por un poco (menor cantidad) de agua de azahar o vainilla líquida, una cucharada sopera. Otro licor también le quedaría muy bien.
Últimamente me han sobrado muchas claras. Entre las del panettone y las de las yemas que le añado al puré de Teo (extraigo la clara antes de cocinar la yema) hasta me ha dado para hacer una tarta.
“Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. He visto a Caillu asar malvaviscos en la lumbre.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir” Roy Batty en Blade Runer (1982), o casi

Entro en el supermercado sobre-abastecido de productos innecesarios navideños. Mazapanes, turrones, polvorones, frutos secos, bollería, panes navideños, chocolates y chocolatinas, mantecados… toda una tentación para los ojos, un pecado para la salud y un innecesario alarde de gula. Todos caemos, llega la Navidad y sólo pensamos en llenar nuestras mesas de tal cantidad de comida que necesitaremos mucho tiempo para que pueda digerirla nuestro estómago y nuestro bolsillo.
En el otro lado de la balanza está la realidad y la eterna ceguera del norte y del occidente. El martes por la mañana, mientras iba camino del trabajo escuchando la radio, RNE, escuché con atención una entrevista al secretario general de la FAO, Organización de las Naciones Unidades para la Agricultura y la Alimentación. El trayecto al/desde el trabajo es el único momento del día en el que puedo conectarme con el mundo real, apartado de pañales o discusiones absurdas fruto de un egoísmo difícil de solucionar.Es más que probable que no tengáis mucho tiempo o no os apetezca dedicarle ocho minutos de vuestro tiempo a un tema que parece lejano. Pese a todo, os agradecería el esfuerzo de escuchar esas palabras, quizás por un día os sintáis mejores (o peores) personas y os planteéis ciertas cuestiones que os enriquecerán por dentro.
Hay dos afirmaciones que me afectaron especialmente: que cada 6 segundos muere un niño por hambre o que con el dinero que los gobiernos “inyectaron” a la banca privada se hubiese acabado con el hambre. Eso demuestra que estamos ciegos ante el mundo real y que no existe una verdadera voluntad de las autoridades de acabar con el problema que para ellos parece no serlo.
6 segundos, una vida; 6 segundos, una vida…
Como decía Jacques Difou: “Eso indica que el problema no es de falta de recursos, es un problema de prioridad del derecho a existir, a vivir, que es el derecho a la alimentación”. Es un problema de prioridades e intereses, sólo eso.Ante la parálisis de los mandatarios, somos “los ciudadanos los únicos que podemos cambiar esta tendencia”.
No sé si os ha pasado a vosotros, pero en mi caso la nevera y la despensa están rebosantes de productos innecesarios o comprados por puro capricho. ¿Y? No lo sé, pero quizás haya llegado el momento de hacer algo, insignificante para la humanidad pero que podría ser muy importante para alguien que en estos momentos lo está pasado mal. Recordad que el gran desierto está formado por pequeños e insignificantes granitos de arena.
Domingo, eran 3:30 de la tarde pero me sentía como si fuesen las nueve de la noche. Llevaba demasiadas horas despierto, nueve horas y media. Necesitaba entretenerme y entretenerlo, todavía faltaba mucho tiempo para acostarme. Ahora llueve, ahora no llueve. Tomamos el autobús urbano número 5, hacía muchos años que no me subía. Me había provisto de un bote de fruta, dos baberos, dos cucharillas y una cantidad indeterminada de papel de cocina. ¿A dónde ir? Ni siquiera sabía por dónde circularíamos. Empezamos mal, no tenía cambio y el chófer me puso cara de no pasar por eso. Tuve suerte, le pregunté cuánto era (90 céntimos) y pude encontrar un par de monedas de 50 céntimos en mi bolsillo. Me pareció poco dinero, mis últimos recuerdos estaban en pesetas y, sin quererlo, había hecho una conversión rápida de céntimos por pesetas.
Nos bajamos en la calle General Pardiñas por miedo a no poder volver a tiempo. Las calles estaban casi vacías, los comercios cerrados y en las cafeterías sólo había un par de clientes solitarios. Unas cuantas manzanas vagando sin rumbo y me encontré con el hombre ¿rumano? que pide a la puerta de uno de los supermercados G. Sí, hizo como que no me veía, vestía de un modo bastante más arreglado y limpio que cuando se pasa horas de pie con un cartel en una mano y otra que extiende cuando tiene la suerte de recibir limosna. ¡Limosna!, ¡qué palabra tan ingrata! Creo haberlo visto otras veces en esta circunstancia pero, como esta vez tenía todo el tiempo del mundo, decidí seguirlo con la mirada intentando descubrir la verdad (¿?) sobre esa forma de vida que intenta captar a los clientes más inocentes, yo entre ellos. Lo seguí en la distancia unas manzanas más. No llevaba nada en las manos, caminaba con unas zapatillas nuevas y un chándal en dirección a la Alameda. Me parecía excesivo seguir más tiempo, más que nada por miedo a descubrir algo que no me gustaría.No, no soy tan ingenuo como para pensar que tiene en su vida cotidiana el aspecto que presenta a la puerta del supermercado. María sabe que les doy dinero de vez en cuando (más veces de las que se imagina). El otro día pudo ver cómo parecía sucumbir ante las palabras cariñosas que otra mendigo que dirigía a Teo unas palabras cariñosas. No, no soy tan estúpido, de hecho, sólo decidí darle alguna moneda el día que dejó de hacerle gestos cariñosos a Teo, antes no tenía la menor duda que lo único que quería era hacerme caer. El día que desistió de pedirme y de sonreírle a Teo fue el primer día que le dejé algo. Desde entonces casi siempre lo hago.
Lo que realmente me preocupa no es que sus necesidades no sean tan grandes como quieren mostrarnos. No me inquieta en absoluto, aseguraría que sus necesidades son mayores que las mías y con eso es más que suficiente. Lo que realmente me causa temor es pensar que detrás de esos vagabundos hay una organización muy bien coordinada que se encarga de recaudar fondos extendiendo la mano a los/las bondadosos/as, a los ingenuos, a los que poseen un sentimiento de culpabilidad o a los que quieren lavar sus pecados. No sabría en qué grupo incluirme.Ese mismo día, unos momentos después de desistir en mi persecución, pude localizar a otro “rumano” pidiendo en la calle. Me paré y observé de cerca cómo conversaba con otro compatriota sobre temas que parecían estar relacionados con ese hecho. A éste no era la primera vez que lo veía, sólo que esta vez me paré e intenté leer qué decía realmente el cartel que soportaba con ambas manos. La cartulina plastificada tenía fotos de su presunta familia y estaba escrita en letras mayúsculas con unas faltas de ortografía puestas de modo deliberado en lugares exageradamente llamativos. Seguí. En plena Praza Roja me encontré con otro mendigo que llevaba el mismo cartel con las mismas faltas de ortografía. Me entró cierto miedo al pensar que se trataba de un grupo perfectamente organizado que se situaba a diario en lugares estratégicamente situados. Le hice un comentario y me respondió que no “hablada español”.
No me molesta el cambio de indumentaria, en el CI hacen lo mismo para atraer al personal y nadie se rasga las vestiduras. Tampoco me molesta del todo la mentira piadosa que muchos de nosotros acatamos sin duda, por encima está la dignidad y la necesidad de sobrevivir de modo decoroso. Sólo me inquieta esa pequeña duda que prefiero apartar y siempre que alargo la mano me recorre el cuerpo.
Malvaviscos al Grand Marnier- c. s. de agua mineral, unos 105-125 ml. He puesto unos 110 gr.
- 15-20 gr. de glucosa líquida (opcional). He usado Golden Syrup, cuya gran parte es glucosa. Se utiliza para evitar la cristalización del caramelo.
- 400 gr. de azúcar.
- 75 gr. de claras (2 grandes)
- 8 hojas de gelatina (algo menos que 16 gr.)
- 40 ml. de licor Grand Marnier (puede sustituirse por unos 20 de agua de azahar)
- c. s. de colorante rojo.
- c. s. (menor) de colorante amarillo.
- 60 gr. (o más) maicena.
- 60 gr. (o más) de azúcar glasé.
(1) Depositamos la gelatina en agua fría para que se hidrate. Cuando se haya hidratado suficientemente, unos cinco minutos, la escurrimos y secamos con un paño.
La preparación es como hacer un merengue italiano, cociendo un caramelo y montando las claras con él. Al final irá la gelatina fundida y el licor.
Preparamos un jarabe con el agua y la glucosa (si la usamos), cuya cantidad de agua debe ser suficiente pero no excesiva. Cuanto más agua más tiempo necesitaremos para que alcance la temperatura adecuada (125-130 ºC). Ponemos el cazo al fuego a temperatura alta.
Mientras se hace el jarabe montamos las claras de huevo con un batidor eléctrico de varillas a velocidad media-alta. Cuando empiece a montarse y el jarabe haya alcanzado la temperatura deseada (1 minutos hirviendo y formando las burbujas típicas del caramelo), lo añadimos poco a poco a las claras en forma de hilo, mientras seguimos montando a alta velocidad. Batimos hasta conseguir un textura densa y brillante.
(2) Calentamos el licor en el microondas y fundimos la gelatina ya hidratada y secada con un paño en él, mezclando bien para que no se quede en el fondo. La gelatina ya hidratada también puede fundirse en el microondas sin necesidad de líquidos.
Sin dejar de batir, añadimos la mezcla de licor-gelatina y seguimos montado hasta que enfríe la mezcla, como si de un merengue se tratase.
(3) Con ayuda de un colador, espolvoreamos generosamente un molde de 20x20 cm2 con maicena y azúcar polvo a partes iguales. Esta mezcla facilitará retirarlo del molde y que reseque en exceso la superficie. Vertemos la masa sobre el molde y alisamos con una espátula. Por último, volvemos a espolvorear de igual modo.
Dejamos reposar unas cuantas horas (puede ser de un día para otro) hasta que haya ganado consistencia. Entonces, volteamos sobre la superficie de trabajo espolvoreada con azúcar y maicena. Cortamos a gusto.






















